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Consecuencias psicológicas de la pandemia

El COVID-19 ha provocado que toda la sociedad esté afectada, en mayor o menor medida, por consecuencias psicológicas de la pandemia. Esta difícil situación nos afecta a todos, bien en primera persona o bien a alguien de nuestro entorno, convirtiéndose en una realidad que se ha impuesto en nuestro día a día.

Esta crisis sanitaria que llevamos arrastrando hace ya más de un año ha impactado prácticamente en todos los ámbitos de nuestra vida: en la forma de trabajar, de relacionarnos e incluso de movernos. Y todo esto ha tenido un gran impacto en la salud mental que, en muchas ocasiones, ha sido la gran olvidada. Hemos cambiado nuestra forma de vivir y todos estos cambios ya se empiezan a reflejar en datos y estadísticas.

Según diferentes estudios publicados, tras la primera ola hubo un aumento del 4% en el consumo de antidepresivos, ansiolíticos y de inductores del sueño: aumentó el insomnio en un 24%; el Trastorno de Estrés Postraumático (TEPT) ha aumentado un 22%; la depresión un 16%; y la ansiedad un 15%.

Estos datos reflejan un aumento de en torno a 5 veces más de los niveles habituales. Pero, si nos vamos al entorno de los sanitarios, que son las personas que han estado en primera línea y que más han sufrido la enfermedad, a día de hoy tenemos que 1 de cada 2 sanitarios está en riesgo de sufrir una enfermedad mental y el riesgo de suicidio ha aumentado en un 3,4% en esta parte de la población.

A esto debemos sumar que, según datos de la Organización Mundial de la Salud, con datos de octubre de 2020, hemos tenido una caída de los servicios públicos de salud mental del 94%.

Consecuencias psicológicas de la pandemia por ámbito de población

Niños y jóvenes

La población infanto-juvenil (de 3 a 23 años) se ha visto afectada por una abrupta interrupción del periodo de aprendizaje así como la paralización de una parte del desarrollo social. Durante la primera ola muchos jóvenes se perdieron la transición que tenían de la escuela a casa, bien porque los centros educativos no estaban adaptados o bien porque la situación nos llegó a casa sin los medios tecnológicos disponibles. 

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Todavía no sabemos cómo serán las consecuencias, ya que en esos cursos lo que más se fomenta es el compartir, el cariño, el respeto por el otro, el trabajo en equipo, la creatividad o experimentar de forma conjunta. Y ninguna de estas situaciones se puede dar.

Uno de los temas que más asusta a los padres es el fracaso escolar asociado a estas circunstancias. Se ha dado una situación en la que nuestros hijos, que nunca habían sido malos estudiantes o que nunca habían suspendido asignaturas, han tenido suspensos inesperados. 

Por ejemplo, hay niños que estaban aprendiendo a leer y escribir y han dado el salto a un un curso en el que ya se suponía que lo deberían hacer con soltura; o niños que no han podido terminar la educación primaria y han dado el salto a la educación secundaria.

Debemos tener en cuenta que si a los adultos nos cuesta volver a coger el ritmo después de un parón de 15 días de vacaciones, imaginaos después de un parón de 6 meses que han tenido periodos intermitentes de estudio entre casa y el colegio, de lo presencial a lo tecnológico. 

Por otro lado, en la adolescencia se ha paralizado el proceso de socialización dentro de la normalidad que conocemos, reduciéndolo casi únicamente al canal tecnológico como forma de contacto con los amigos. En esta etapa comienza a salir un poco la figura de los padres para dejar más espacio a la figura de los amigos. Sin embargo, todas sus primeras experiencias se las han perdido.

Ante estas situaciones lo primero que debemos hacer es dotarlos de herramientas para estudiar, unas herramientas que les aporten seguridad y les ayuden a desarrollar técnicas.

Hay que aumentar la comunicación con ellos. No todo puede ser COVID y colegio. Debemos preguntarles cómo se sienten, cómo están viviendo esta situación y escucharles para saber qué necesitan, cuáles son sus intereses y poder compartir tiempo con ellos.

Adultos

Cuando hablamos de adultos nos referimos todas aquellas personas que se encuentran en activo. Los adultos hemos pasado por confinamientos, angustias financieras, distanciamiento social, temor al contagio, preocupación por nuestros familiares y amigos y, sobre todo, mucha incertidumbre.

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Todo esto nos ha llevado a cambiar muchos patrones de nuestra vida e incluso, en determinadas situaciones, convertir nuestra casa en hogar, en lugar de trabajo, es escuela, en gimnasio, en restaurante... Hemos cambiado todos nuestros patrones de vida pero los hemos metido todos en un mismo escenario. Además, nos han quitado la parte social que nos servía para desahogarnos y compartir momentos con otras personas.

El ser humano es muy lineal y, en el momento que algo de nuestro día a día cambia, no sabemos gestionarlo correctamente. Es lo que se conoce como trastorno adaptativo. ¿Qué hacemos ante esta situación? Hay muchos estudios que nos dicen que hay tres pilares para la salud mental: sociabilizar, la actividad física y la actividad mental.

Estamos en un momento en el que no tenemos la forma habitual de sociabilizar, pero sí podemos intentar buscar otras formas de hacerlo a través de llamadas, videollamadas, buscar en nuestro entorno y, sobre todo, hablar de algo que no sea el Covid.

En cuanto a la actividad física, se ha demostrado que media hora de ejercicio físico al día tiene unos resultados tan positivos como el uso de medicamentos antidepresivos. Con media hora de ejercicio físico no nos referimos a ir al gimnasio o hacer pesas, sino únicamente a andar de forma acelerada.

La actividad mental nos hace estar en un aprendizaje continuo. Esto nos ayuda a generar nuevas conexiones neuronales que previenen el deterioro cognitivo y que la inactividad, en un momento dado, nos puede dar. Incluso previene de posibles demencias en el futuro. Mantener la mente activa con ejercicios cognitivos o algo que nos suponga un reto mental, que haga despertar tu base neurológica.

Madurez

En esta franja de edad incluimos a esa parte de la población que ya se ha jubilado. Una de las frases más escuchadas desde el comienzo de la pandemia es que “los mayores de 65 de años son población de riesgo”. De repente, una población que es y se siente joven, se le recordaba constantemente que ya no lo es. Se han hecho mayores de golpe, llevándoles a sentir una pérdida de control absoluta, una sensación de vulnerabilidad y un gran sentimiento de soledad.

¿Y qué podemos hacer con esta parte de la población? Lo primero es cuidar su salud mental y, si es necesario, limitar la información sobre la pandemia. La incertidumbre sobre ella afecta mucho a la posibilidad de sufrir ansiedad, insomnio y depresión. El sentimiento de aislamiento puede aumentar el riesgo de tener problemas de salud mental, por lo que es importante transmitirle calma, un espíritu positivo, recordarles otras experiencias previas que ya hayan superado, intentar frenar los pensamientos negativos con información veraz y contrastada.

Además, también es importante vencer el sedentarismo de estar todo el día en casa intentando que hagan, en la medida de lo posible, algo de ejercicio físico y lleven una dieta saludable.

¿Quieres saber más sobre las consecuencias psicológicas de la pandemia? Puedes ver el webinar completo en nuestro canal de Youtube.

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